El mes pasado cumplí 39 años, de los cuales tengo claro que desde los 6 he estado fuertemente conectado con la música. Crecí escuchando la música de protesta de mi mamá, el pop español, el rock anglo de los 80 que sonaba en casa gracias a mis tíos, y entre toda esa mezcla descubrí que podía cantar y tener una conexión aún más íntima con la música.

Mucho rock y pop corriendo por mis venas. Un “cachaco” típico de Bogotá, la capital, siempre envuelto en ese halo de comodidad que emitía la ya extinta Superestación 88.9. ¡Qué buena música se escuchaba entonces en la radio!

La música de los 80 definitivamente marcó mi vida, mi estilo y mis gustos. Pero también me alejé de otros sonidos y ritmos maravillosos. En esa época uno no elegía qué escuchar, uno oía lo que la radio ponía o lo que alcanzaba a comprar en la tienda de discos.

Me perdí mucho folclor, me perdí el Caribe, los Andes, la Amazonía, el Orinoco. Me perdí los sonidos esenciales de mi propia tierra.

Me tomó todos estos años entender cuán inmensamente rico es el sonido de nuestra región. Tuve que romper paradigmas, y hasta perder algunos buenos amigos, solo por querer escuchar algo distinto.

Dejé de ser cantante de una banda de covers —no porque eso sea malo, de hecho es divertido y exigente, ahí se aprende muchísimo—. Tuve mi propia banda, Sweet Machines, que sigue existiendo sin mí, pero decidí dejar la zona de confort para explorar lo que antes me parecía impensable: los géneros neotropicales, la música electrónica… y así tomé la decisión de convertirme en productor, creador de mi propio sonido, conciliador entre los sonidos de mi tierra y los de otras latitudes.

Con mi buen amigo Shaun Taberer hicimos clic espontáneamente. Nos unió el amor por la música británica: él, amante de los Beatles, y yo, loco por los Rolling Stones. Poco a poco lo fui involucrando en mis escuchas y en mis juegos con sintetizadores, y terminamos componiendo al menos seis temas electrónicos que llegamos a tocar en Café Naturalia. Ese fue el inicio de una amistad profunda que nos ha traído hasta aquí: su invitación a fundar un sello para apoyar músicos de la ciudad que, como nosotros, sienten afinidad por la música electrónica y los sonidos tradicionales del país.

Shaun se siente profundamente agradecido con Colombia, y con Medellín en particular. Me contagió sus ganas de “devolver el amor”, de retribuirle a esta tierra, y bueno… esa es la mejor excusa para hacer lo que más amo: crear.

Quiero llevar nuestros sonidos y fusiones al mundo. Quiero grabar con ese talento especial que tantas puertas nos ha abierto. Quiero producir música con artistas locales, darles ese toque moderno que merecen, sin purismos, y ayudar a que mi gente llegue lejos con su música.

¿Y tú, ya encontraste tu lugar?
¿Reconoces de dónde vienes y cómo suenas?
Y aún más importante… ¿a dónde quieres llegar?

Si tienes una respuesta para una o más de esas preguntas, entonces no dudes en escribirnos.
Esto apenas comienza.

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